miércoles, 31 de octubre de 2012

13- Mi primer cumple: pastelitos y sorpresas. (Marzo 2002).


Y llegó mi cumple. Justo un mes tras mi aterrizaje. Cumplía 32 tacos. Y los cumplía en la Bonnie Scotland. ¿Qué más podía pedir?

Desde el primer día de trabajo, John se dedicó a ayudarme. Él, a pesar de ser de Glasgow (acento muy duro), tenía el superpoder mágico de entenderme todo, y de hacerse entender. Porque, sí, a pesar de ser yo el rey del face-to-face con el inglés, tuve problemas. Camareras que no me entendían. La manager no me entendía a veces. Yo a ella tampoco. Creo que era inglesa. Así que John pasó a ser mi traductor, intermediario, ayudante y ayudado, oficial. Él era el Chef (el jefe en la cocina). Yo era su fiel escudero. El kitchen porter.

Gracias a John, todo el grupo me aceptó desde el día primero. Desde entonces, cada jueves, salíamos de juerga. No me dejaban pagar ni una triste pinta. Me tenían muy mal consentido. Eso sí, yo al día siguiente, al cole, como un campeón. Con hangover, pero como un campeón.

En ocasiones, John me daba un toque en el hombro, mientras yo estaba peleando con la grasa de una cacerola. Con esa cara de pillín que tiene. Se llevaba el dedo a los labios. Indicándome silencio. Me guiñaba el ojo y me hacía gestos. Deja eso y vente conmigo. Le seguía. Y veía dos platos sobre una encimera. Solomillo recién hecho, con patatas fritas y brócoli y zanahoria. “Buena carne. Cojonudo”, me decía con su acento guiri. “Tú y yo”. Y nos poníamos a rajar y a tragar.

Si se me hacía tarde, John me ayudaba a fregar los suelos. Me decía “Mira, mira, rápido, fácil”. Y hacía –él- lo que solíamos hacer en la mili. Cogía un cubo de agua muy caliente. Lo arrojaba por todo el suelo. Cogía aquella fregona gigantesca. Y se tiraba a la carerra a fregar todo. Deslizándose a toda velocidad. Sobre sus botas de militar. Fregona en ristre. Cual jugador de hockey sobre hielo. Atacando los gérmenes del suelo, con ahinco y decisión. Y sonriendo, el tío. John estaba algo tocado. Era un tipo formidable. A John le conté mi vida y milagros. Creo que era el que más sabía de mí. En toda esa extraña ciudad.

Y llegó mi cumple. Busqué por todo Edimburgo. No hallé pastelitos. Así que le eché imaginación al tema. Compré pasteles grandes. Los más decentes que encontré. Y créanme, en aquellos años, fue tarea difícil. Actualmente hay auténticas delicatesen en repostería (franquicias francesas). Pero antaño, no existían. Compré también paper cups pequeñitos y palillos (otra tarea que me llevó horas encontrar). Me encerré en mi cuarto, cuchillo jamonero en mano. Partí todos los pasteles en raciones pequeñas. Justo del tamaño de las paper cups (disculpen, a veces no me vienen las palabras necesarias en español). Me curré 2 docenas de pastelillos, con su papelito de base, su palillito encima. Los envolví como buenamente pude (inútil buscar papel de pastelería). Los llevé al trabajo. Antes de empezar a fregar. Todo el mundo se sorprendió mucho. “Es mi cumple”. Todo fueron felicitaciones y buenos deseos. Besos, a la española, y abrazos, a la escocesa.

Ignoro a día de hoy, si lo sucedido después estaba planeado. Pero creo que no. Creo que John revolucionó todo el maldito Gimnasio. Por mí. Para mí. Me emociono incluso escribiendo estas líneas. Acabé mi turno. Era hasta la noche. Pero ellos se quedaban a cerrar. Salí cambiado de ropa. Al bar. Casi todas las noches me invitaban a una caña, antes de irme. Y de repente. Estaban todos allí. Con botellas abiertas, con una birthday card firmada por todos. Y una bolsa de regalos. Dentro había un Jimmy hat (gorro típico escocés, de cuadros y peluca pelirroja), una botella de vino de Rioja, un paquete de chocolatinas Celebrations y … un ¡bote grande de Colacao! Casi me echo a llorar allí mismo. Delante de todos. Fue muy emocionante. Seguro que en alguna de nuestras conversaciones, yo le había mencionado a John, que de crío desayunaba Colacao. Pero no podía creer que lo hubiera recordado. Así era John. Así sigue siendo.

A los pocos días, John dejó el gimnasio. Se fue a trabajar al Hard Rock Café. Pero la amistad quedó. La amistad sobrevivió todos estos años.

7 comentarios:

  1. Hay amistades que aguantan contra viento y marea, a veces parece increíble. Ese tipo de amistades son de las que tenemos que guardar como un tesoro.

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  2. Casi lloro yo, joío. Encima es el cumple de mi nano. Cumples así no los hemos tenido todos... y eso vale más que el mejor regalo del mundo dado sin ganas.

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  3. Madre mia se me ha puesto la piel de gallina y tengo la lagrimilla en el ojo...

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  4. Me encanta descubrir posts como este :)

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  5. Llegar a un pub y encontrarte a personas que te aprecian y que valen la pena, esperándote como una pequeña familia, es una de las mejores experiencias que uno puede tener en esta vida, al menos para un servidor ;)

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    1. Tú lo has dicho Green. Gracias por comentar.

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